RELATO DEL APARECIMIENTO DE NUESTRA SEÑORA EN BERCIANA, SEGÚN DON BRAULIO GÓMEZ, EN 1284.

(Tomado del libro “NUESTRA SEÑORA DE LA NATIVIDAD, PATRONA DE LA VILLA DE MÉNTRIDA" de Jesús García Cuesta)

Primera aparición en abril de 1270.

Vive este año de mil doscientos ochenta y cuatro del nacimiento de Nuestro Señor y Redentor Jesucris­to en este Lugar de Méntrida, un hombre de sesenta años, Pablo Tardío llamado. Empleábase éste en guardar cabras, a las que pastoreaba para la conservación de su vida, en los montes y dehesas de esta población de Méntrida cercanas; siempre que entraba con sus cabras en la dehesa de Berciana, sentía en su corazón no sé qué misteriosa novedad, que ya le causaba alegrías y ya le infundía temores; y esto le acaecía con mayor fuerza los sábados, pues en todos, por espacio de más de diez años, hacia un pequeño cerro, que está a la otra banda del arroyo, unas veces oía música que le alegraba; otras veces estruendos que le atemorizaban; por las noches advertía muchas candelillas encendidas que circundaban el pequeño cerro. Juzgaba este pastor que era ilusión de sus sentidos o patrañas del enemigo, y así no hacía caso de ello, antes bien se encomendaba a Dios y a su Madre Santísima por medio de sus oraciones.

Un día que se aumentaba la música sintió en sí el pastor Pablo Tardío impulso superior de subir a la pequeña cumbre, para saber cual fuese la causa de tanto sonoro instrumento. Púsose muy de veras en Dios, y con humildad y temor comenzó hacia la cumbre a caminar, y al lle­gar a ella, vio, advirtió y registró que estaba patente y al descubierto la Reina soberana de los cielos y tierra María Santísima Señora Nuestra, a quien servía de alfombra el tronco pequeño de una cortada encina, estando María Santísima colocada sobre él, como sobre un trono de zafir. Al ver tal prodigio, quedóse el pastor lleno de temor, admiración y espanto. Admirábase de la hermosura y belleza con que la soberana Señora resplandecía y brillaba; causábale terror y espanto lo nuevo y peregrino de suceso tan elevado, como de sus ojos nunca visto ni aun de su entendimiento imaginado. Enajenados los sentidos, no acertaba ni a hablar; y embarazadas las potencias con visión tan prodigiosa, no podía discurrir en lo que había de ejecutar. Arrojóse humilde y reverente al suelo, adorando y besando la tierra, que pisaba tan soberana como prodigiosa Reina.

Estando Pablo Tardío postrado en el suelo, se dignó María Santísima a hablarle de este modo: Anda, Pablo, a Méntrida, da cuenta de lo que estás viendo. De mi parte diles a los sacerdotes y justicia que vengan con reverente procesión a este sitio y saquen una imagen mía, que está aquí oculta, para que la lleven a colocar a su iglesia, pues quiero enriquecerlos con ella, y de los peligros y ahogos sa­carlos y libertarlos.

Alentado el pastor Pablo Tardío con estas dulcísimas palabras de María Santísima, se levantó de la tierra y, puesto de rodillas, cándido y sencillo, la respondió de este modo: Señora, con mucha voluntad iré a Méntrida a dar tan grande nueva, haciendo lo que me mandas; pero no hay quien me guarde mis cabras, y se me perderán mientras voy y vengo. A este temor de Pablo Tardío, satisfizo la clementísima Reina diciendo: No temas que tus cabras se pierdan, yo seré pas­tora de ellas, ejecuta lo que te mando, que tu ganado a mi cargo queda.

Comunicación a los sacerdotes y justicia de Méntrida.

Obedeció el pastor a lo que la soberana Reina le mandaba y, dejando sus cabras, sin más réplica, corrió a Méntrida con acelerado paso; apenas entró en este lugar, cuando comenzó a dar voces comunicando el maravilloso suce­so. Llegó al teniente cura, que se llamaba Fortunato Vidal, intimóle la comisión que traía, y el cura, no dándole crédi­to, comenzó a reírse del pastor; instaba éste en su demanda; juntóse la justicia, Lope Rodríguez y Faustino Gómez; llegó­se Antonio Moreno, padre de Misa, a todos declaraba Pablo Tardío el suceso y lo que les mandaba la Reina soberana de cielo y tierra, que quedaba en la dehesa de Berciana, y que fuesen a sacar su soberana imagen, que estaba allí escondi­da. Ninguno de ellos, como de otros muchos que a la novedad se juntaron, quisieron creer al pastor, antes bien, hicieron de él burla y, de lo que decía, ningún aprecio. Tratáronle de fatuo, tonto y novelero, y que como tal venía a engañar al pueblo con aquella fantasía, que había soñado, que se vol­viese a sus cabras a contarlas aquellas locuras y patrañas, y si no, que le pondrían como loco preso en una cadena.

Vióse el pastor Pablo Tardío no creído; conoció que a sus palabras no le habían dado asenso; camina presuroso a la dehesa de Berciana lleno de penas y sentimientos. Llegó al sitio en donde se le había aparecido la sacrosanta Reina y suprema Señora María Santísima; no la encuentra, ni con sus ojos la registra; y aquí creció más su dolor y tormento. Buscó con cuidado a la divina Señora; vuelve y revuelve el tronco cortado de la encina, y como no hallaba señal ni noticia, comenzó a llorar amargamente, y lleno de notable desconsuelo, se retiró a su cabaña, en donde halló todas sus cabras recogidas. Pasó toda la noche rezando y llorando; ya se consideraba indigno de que tan alta Señora en aquel sitio y lugar le esperara; ya atribuía a sus culpas la ausencia de la Reina del cielo y tierra; ya dudaba si había sido verdad o fantasía lo que le había sucedido. Inclinábase, unas veces, a que había sido ilusión y engaño de sus sentidos, y que así, con razón, había sido despreciado y no creído; otras veces, le persuadía a que lo creyese por verdad y lo tuviese por cierto, una interior confianza en Dios y un superior impulso que le certificaba haber sido la visión cierta y verdadera. Así estuvo el pastor toda la noche, luchando con estas dudas, de pena, dolor, lágrimas y sentimientos acompañadas.

Nueva aparición en 25 de abril, con entrega de señal.

Comenzó a desabrochar botones de perlas el alba, y el pastor, de humilde confianza lleno, salió de su cabaña o choza; enderezó sus pasos a la pequeña cumbre de la dehesa y, al descubrir el tronco cortado de la encina, registróle florido y fecundo con la imagen sacrosanta de María Santísima, de la misma forma que antes se le había apareci­do; consolóse muchísimo el afligido pastor, y postrado en tierra, la refirió lo que le había pasado en Méntrida. Se­ñora, no me quieren creer; responden a lo que les dije de orden tuya, que es sueño, fantasía y mentira levantada de mi cabeza; que soy un tonto y que no se debe hacer caso de mi dicho. A estas palabras se dignó la Purísima Virgen respon­derle: Toma esta carta, vuelve con ella a Méntrida, entré­gala por señal, que a ella darán fe, y a todo lo que has dicho entero asenso y creencia. Levantóse el pastor del suelo y, recibiendo con suma reverencia y acatamiento la carta de mano de Nuestra Señora, caminaba presuroso con ella a Méntrida; pero, al dar vista al lugar, le salieron los demonios en varias y horribles figuras al encuentro; procu­raron detenerle y le instaban a que atrás volviese; pero como no pudieron, con golpes y empellones le maltrataron.

Apenas le vieron las gentes, cuando comenza­ron a hablar unas con otras: allí vuelve el tonto y sobre tonto, porfiado; ello es sueño, y si no es sueño, está loco. ¿Hay mayor delirio, pues nos quiere persuadir de una cosa tan difícil de creer? ¡Ahora estuviera la Virgen María es­condida en Berciana!. Pero el pastor, con claras voces, prorrumpió en estas palabras: ¡Ea!, seño­res, ya me creerán lo que ayer, de parte de la Señora Reina María Santísima les dije. Ahora me vuelve a enviar para que den crédito a lo que les digo, que vayan a Berciana a sacar y descubrir una ima­gen suya que está escondida; y, para que sepan que es cierto y verdad lo que les refiero, tomen esta carta, que es la señal que me ha dado, para que os la entregue. Tomó el cura la carta y, habiéndola leído delante de todos, ya de temor, ya de alegría y regocijo se quedaron como absortos y pasma­dos, mirándose unos a otros. Luego que se recobraron de la admiración, que les causaba tan prodigiosa novedad, se pos­traron en tierra, dando gracias a la Reina y Señora María Santísima. Dieron al pastor entero crédito; besaban y vene­raban la carta como cosa bajada del cielo, y cada vez que esto ejecutaban, sentían en sus corazones júbilos y conten­tos. Divulgaron el prodigio por todos los lugares circunve­cinos, para que todos fuesen participantes de tan admirable portento.

El pueblo camina a Berciana al encuentro de la Imagen

Ordenóse luego al punto una devota y arreglada procesión de los sacerdotes, justicia y plebe compuesta y, cantando la letanía de Nuestra Señora, caminaron presurosos, (aunque en orden puestos), del pastor Pablo Tardío guiados, a la dichosa dehesa de Berciana. Llegaron al sitio y tronco cortado de la encina, pusiéronse todos de rodillas, derramando tiernas lágrimas y afectuosas súplicas. Luego, cavaron con mucha reverencia a la misma raíz del cortado tronco de la encina y, a poca diligencia, hallaron una arquita de madera; sacáronla de la tierra, diciendo en altas voces: Aquí esta la imagen de Nuestra Señora, aquí está el tesoro que buscamos, y aquí está la efigie de Nuestra soberana Reina.

Abrieron la feliz arquita los dos sacerdotes, y vieron, ¡oh maravilla y prodigio!, dentro de ella, a esta nuestra poderosa y sacrosanta imagen de María Santísima, quien de su divino rostro despedía tantas luces y resplandores, que a todos causó admiraciones. Y exhalaba tan subidos olores y fragancias, que a todos inundaron de tantos consuelos, que pasaron algunos de los circunstantes a quedarse absortos, pues, ni el olfato podía sufrir tanta abundancia de suavidades, ni los ojos tolerar tanta copia de luces como salían de la imagen de Nuestra Señora.

Estaba vestida la soberana imagen de Nuestra Señora con una camisita de antiquísimo lienzo, su juboncito antiguo de damasco, al parecer azul, del cual pendía una basquiña o saya de la misma tela, sin más adorno que una franja negra, cairelada, en la parte inferior, cuyo vestido hoy le tiene puesto; y me dicen todos haber intentado quitársele para ponerle otro, y no haber podido. Es más largo que la sacrosanta imagen, e ignoro el misterio.

Extendió el cura la mano a la sacrosanta imagen de Nuestra Señora, sacóla del arca, y enseñóla a la gente, que ya por verla se atropellaban unos a otros impacientes; pero, al verla en las manos del cura, todos se pusieron de rodillas, venerando a María Santísima en su imagen aparecida; lloraban de puro alegres y, más con lágrimas que con palabras, la daban gracias infinitas. Volvieron luego la soberana imagen a su arquita y, cogiéndola el cura entre los brazos, la trajeron en procesión a Méntrida. Colocáronla, metida en el arca, en el altar grande de la iglesia, en donde hoy se venera con mucha devoción, no sólo de todos los vecinos de este pueblo de Méntrida, sino también de otros lugares circunstantes y distantes, que vienen cada día a hacerla fiestas, a tributarla cultos y veneraciones y a pedirla en sus necesidades remedio, con quienes ha hecho muchos milagros .

Vida y muerte del pastor Pablo Tardío

Extendíase en su fundación este pequeño lugar de Méntrida, pues ahora consta de cincuenta pobladores, el año de mil doscientos y setenta, que hace ahora catorce años, cuando usando el misericordioso Dios de su infinita, y María Santísima Señora Nuestra de su soberana clemencia con este pueblo, se dignó aparecerse al pastor Pablo Tardío en la dehesa de Berciana, para que sacasen a esta su sobera­na imagen, que estaba oculta y escondida.

Era Pablo Tardío (así describe don Braulio la vida del pastor un año después de haber muerto), a quien se apareció la Soberana Reina María Santísima cuando fincó en la muerte un hombre de noventa y seis años, e desde niño hacía pastor de cabras. Era un hombre de mucha virtud, e quien se decía nunca haber fecho simproes, ni tuertos a alguien. Nunca fue casado, ni se hacía mención haber conocido mujer. Era mucho inocente, e sencillo e siempre cuidó de cabras hasta que plugó a Dios se nos descubriese esta figura de Nuestra Señora, que nos hace muchas mercedes, que desde entonces vendió las cabras e se hizo todo a servir a Nuestra Señora e Reina en esta su Imagen aparecida en Berciana, demandando limosna para alumbrarla. Fizo una choza en el terreno donde se le apareció la Virgen, de donde sacaron la Sacrosanta Imagen de nuestra Reina, e iba allá a rezar todos los días.

Traté por el tiempo de diez años con mucha mesura a este pastor, que en sus hablas nunca hablaba de otra cosa que del aparecimiento de Nuestra Señora, e de esta su milagrosa Figura, e siempre lloraba. Finó en la muerte este año de noventa y tres, día ocho de septiembre, veinte y tres años después del aparecimiento de Nuestra Señora en Berciana; fue su muerte como su vida, e le ente­rré junto al Altar de la Virgen Aparecida, que tenemos en esta Iglesia de Méntrida colocada, de toda esta pequeña población venerada e de todo el contorno reverenciada e estimada.



Escrito por D. Jesús García Cuesta, Párroco, capellán de Méntrida.

Gracias por su trabajo y por la dedicación durante tantos años al estudio de la historia de Nuestra Virgen.

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